Llorar por las cosas

Con tantas personas perdidas, llorar por las cosas sería como faltarle el respeto al dolor. Eduardo Galeano

Hay veces en la vida en las que pasan situaciones que nos trastocan los planes, que ‘nos hacen la puñeta’ como se suelen decir coloquialmente, y con las que debemos lidiar. Una situación como la que me tocó vivir hace unas semanas, donde haciendo una excursión por el centro de Australia mi cámara de fotos no corrió buena suerte y acabo siendo lanzada contra la carretera. Allí, en el asfalto abrasador, mi cámara agonizaba mientras yo me acercaba a ella despacito, como sin querer reconocer lo que estaba viendo; como queriendo retroceder en el tiempo para evitar lo que acababa de ocurrir.

Si cuento esto es porque dentro de la desgracia, tuve una reacción nueva en mi y fue un momento muy revelador. Sigo contando: Me acercaba despacio a la escena del crimen, sí; agarré los pedazos de la cámara todavía sin creerme lo que había pasado, sí; quise llorar… pero no pude. Ni una lágrima, ni una pataleta. Simplemente, no me salía. En ese momento, todavía en caliente, me acordé de la frase de esta entrada de mi querido Eduardo Galeano, uno de los pensadores que más admiro. Con tantas personas perdidas, ¿cómo llorar por una cosa? Y fue así como pasé de la confusión más absoluta del no puede ser a: no puedo hacer nada por cambiar lo sucedido, es una máquina, a mi no me ha pasado nada. Patri, disfruta de la excursión. Con ese pensamiento y los restos de mi maltrecha cámara me subí al minibús donde esperaban los compañeros de excursión. La gente me miraba con cara de pena, pero yo, en esos momentos, seguía sorprendida por mi propia reacción.

Creo que en la vida suceden estas situaciones para que pongamos en práctica nuestra capacidad de aprender y lidiar con aquellos imprevistos que nos complican el camino. Creo que también es ahí donde podemos ver claramente las opciones que tenemos y elegir cómo nos queremos sentir y por tanto cómo vamos a reaccionar. Yo podría haber empezado a, perdón por la vulgaridad, ‘cagarme en todo’, llorar, llenarme de rabia y no haber disfrutado del viaje. Pero en vez de eso elegí relativizar. Podía escoger dejarme arrastrar por el ‘qué mierda’ (perdón de nuevo por la vulgaridad). Pero había pagado ese viaje, estaba en el desierto con amigos, en una aventura para ver algo nuevo. Yo estaba bien, no me había pasado nada y… ¡estaba en Australia! ¿Por qué iba a cargarme ese momentazo con lamentos y una rabia que de nada serviría?

Con tantas personas perdidas, con tantas cosas que de verdad podrían ir mal en mi vida y en la de mi gente… ¿cómo sentirme desdichada? ¿Cómo llorar por una máquina cuando en el mundo hay tanto dolor?. Me acordaba también de una mujer a la que conocí en Calcuta, y a la que su marido le había echado ácido en el cuerpo. Pensando en ese cuerpo desfigurado, en esa ceguera irreparable… ¿cómo iba a llorar por un aparato? Pensé lo afortunada que era, y en los millones de personas a los que no se les rompe una cámara porque por desgracia (una de verdad) no la tienen, ni seguramente hayan visto una en su vida ni la verán.

En ese momento sentí cómo algo había cambiado en mi y me sorprendí gratamente de mi propia reacción. Tendría que lidiar con el seguro, juntar la documentación, mandársela y esperar pacientemente a obtener una respuesta (sigo a la espera). No voy a ser cínica y decir que me da igual si el seguro me paga otra nueva o no. Estoy cruzando los dedos para que tomen una decisión que me favorezca. Pero pase lo que pase, esa reacción que tuve aquella mañana bajo el sol del desierto australiano y todo lo que aprendí de mi en ese momento, es algo que siempre agradeceré.

Decidir cómo queremos reaccionar y consentir que algo nos estropee el día o no es algo que está en nuestras manos, o mejor dicho, en nuestra mente. Tenemos la capacidad de elegir y eso mismo ya nos hace libres y aligera los problemas. Pensar en todo lo que de verdad podría ir mal, como recibir una llamada diciendo que alguien al que queremos ha tenido una accidente o ya no está con nosotros, me hizo valorar la situación sin dramatizar, dándole la importancia apropiada y concediendo a esa preocupación el tiempo justo para lidiar con el problema.

Con tantas personas perdidas, con tantos abrazos que ya no son posibles… cómo llorar por las cosas… Escribiendo estas líneas me acuerdo de los míos, de los que ya no están, y de todos aquellos cuyo dolor es más grande y, valga la redundancia, doloroso porque va más allá de una pérdida material.

A modo de homenaje por los que ya no están, a modo de respeto por el dolor humano.

Muchas gracias

En una cita tiene ya 191 seguidores. Muchas gracias

Hay poco más que pueda añadir. Un tremendo GRACIAS a todos y cada uno de los 191 seguidores que ya tiene En una cita. Es un privilegio poder seguir adelante con un proyecto como este. Cada comentario que recibo, cada ‘me gusta’ en el Facebook, y cada vez que se comparte alguna entrada es un impulso más para continuar y seguir escribiendo.

De corazón, ¡Mil gracias a todos!

Patri

Finales y principios

Cuando llegues al final de lo que debes saber, estarás al principio de lo que debes sentir. Khalil Gibran

Que la vida es una montaña rusa emocional no es nada nuevo. Todos tenemos nuestros altibajos y vamos a días y a ratos. Está en nuestro ADN y quien niegue y viva de espaldas a la dureza de este trayecto, vive en la oscuridad.

Creo que lo peor de esas bajadas emocionales o más comúnmente llamados ‘bajones’ es la sensación de confusión y de no saber para dónde tirar que a veces nos ciega y paraliza. porque cuando sabemos lo que sentimos, por muy negativo que sea, por lo menos identificamos qué es eso que tanto nos está preocupando. Pero la sensación de sentir algo y no saber muy bien el qué o el por qué es todavía más angustiosa y más dañina, pues si no tenemos conciencia de qué, difícilmente podremos afrontar ese malestar y hallar un cómo.

Con todo esto lo que trato de decir es que a veces llegar a ese final que clarifique un poco las cosas y que arroje luz a cómo nos encontramos es algo que se puede hacer de rogar. A nadie le gusta estar en esa transición, en ese limbo de no saber hacia dónde tirar ni cómo se supone que se tiene que actuar. El camino desaparece y parece que nos estancamos, a la espera de algo sin ni siquiera saber el qué.

El otro día leí que la confusión es la antesala de la claridad, y en este sentido la cita de Khalil Gibran aborda el mismo tema. El saber es un proceso, un camino que es necesario transitar aún sin saber hacia donde nos dirigimos. Pero en algún momento, el camino comenzará a perfilarse y entonces podremos acercarnos más a eso que necesitamos trabajar, en la dirección correcta.

Lo importante es confiar, fluir y no dejarse caer. Entender que esos bajones son parte de la vida porque somos humanos; reconocerlos, aceptarlos, darles un tiempo para dejarlos aflorar y salir de nosotros para después confrontarlos y ver qué es lo que podemos aprender de esa situación que tanto nos frustra. Entender que todo es temporal y que los nubarrones también pasarán. Ningún estado de ánimo permanece si nosotros así lo queremos (y así lo trabajamos).

Es solo a medida que vamos profundizando en nosotros mismos y conociéndonos más como aprendemos a sortear esas bajadas y hacer de esa montaña un trayecto menos brusco y más placentero.

Para que no se pierda

Todo lo que no es dado, es perdido. Proverbio indio

Estoy de despedida. En menos de una semana dejo India, un país en el que he pasado casi 5 meses. Y justo en este cierre me encuentro con este proverbio local, de la tierra que tanto me ha enseñado y de la que tanto he aprendido. ‘La India me ha dado mucho’ es además una frase que oigo a muchas personas que deciden empaparse de esta cultura tan ajena a la nuestra, y la cual requiere un proceso de adaptación nada desdeñable.

Por eso, a menos de 6 días para dejar este país del que me despido con un hasta luego, quería publicar este proverbio. Creo que cualquier otro añadido por mi parte estaría de más. Todo lo que no es dado, es perdido. Como escribía ya hace algunas semanas en la entrada titulada Tres horas, cuando uno muere y entiende que el cuerpo humano desaparece en ese lapso de tiempo, todo parece encajar y colocarse en su sitio: al final, lo que queda, es lo que has hecho, lo que has aportado al mundo. Lo demás, todas las posesiones materiales, las etiquetas, el estatus social… todo lo que ‘hemos sido’ desaparece al igual que hace el sol para dejar paso a la luna.

Pido perdón si estas últimas entradas parecieran un poco repetitivas. Pero si algo he aprendido aquí, en este país de ‘capas’ como yo lo llamo, es a valorar y a priorizar más aquello que damos y con lo que contribuimos al mundo porque a veces se nos olvida y nos lo tomamos a la ligera. Por eso, con última entrada que escribo desde este rincón del mundo quería despedirme con este proverbio, a modo de homenaje y gratitud hacia esta tierra.

Namaste India.