¿Y si nos levantamos?

En esta nueva entrada quiero presentar un vídeo que me ha sorprendido por la sencillez de su mensaje pero con un profundo significado a su vez. En menos de dos minutos el vídeo se centra en la tiranía de la silla, esa en la que tantas y tantas horas nos pasamos sentados a lo largo de nuestra vida, y plantea una interesante pregunta.

Puede parecer muy tonto, pero a veces se nos olvida que para conseguir cualquier cambio o aquello que queremos alcanzar hay que empezar levantando el culo. En el momento que nos movemos estamos cambiando nuestra postura, nuestra predisposición hacia algo y por tanto, empezamos a tener una actitud más activa. Espero que os guste.

Decide qué es lo mejor para ti

La-felicidad-es-una-decisión

En nuestra vida diaria y en nuestras rutinas decidimos qué ponernos, qué comer, dónde salir a tomar la copa del sábado o si nos apetece o no tener un día perro de esos en los que andamos con el pijama todo el día por casa. Pero muy pocas veces se nos ocurre decidir sobre otros temas más emocionales o que nos afectan a nivel anímico porque pensamos que eso es algo sobre lo que no tenemos cartas en el asunto como si fuese un hecho inamovible al que nos tenemos que resignar sin decir ni pío.

Sugerir que alguien puede decidir su grado de felicidad suena a frase sacada de una película de Disney. Pero más que enfocar esta afirmación desde una perspectiva pastelona de color de rosa, prefiero mantener los pies en la tierra primero, y segundo, ir un paso más allá al respecto. Porque vamos a ver, dejar todo el peso y responsabilidad a las circunstancias y todo lo que nos sucede con sus cosas buenas y malas es, por decirlo así, bastante ‘cómodo’. Echar balones fuera y culpar a la mala suerte que tenemos, o a esa persona que nos hace la vida imposible nos convierte en las víctimas de la novela, nos libera de cualquier responsabilidad y por tanto, pensamos y sentimos que nuestra felicidad depende y es la consecuencia de todos esos factores. Ahora bien, decidir que podemos ser felices a pesar y por encima de nuestras circunstancias es algo que requiere asumir el peso que nosotros tenemos y ejercemos sobre el problema o situación. Se necesita además dejar los dramones a parte para centrarnos y conseguir la mayor objetividad posible, además de relativizar las cosas. Y por último, decidir nuestro grado de felicidad implica que nos carguemos sobre los hombros algo que a muchos o todos nos asusta: la responsabilidad.

A quien piense que la reflexión de hoy es una ñoñería rosa y utópica, de esas que ‘están muy bien para las películas pero chata esto es el mundo real’, yo le plantearía toda una retahíla de preguntas acordes con la responsabilidad y el grado de acción que está dispuesto a asumir como capitán de su propio barco. Nos da respeto pensar que podemos decidir cómo de feliz queremos ser pero sin embargo vemos tan normal pasarle la papeleta a nuestras circunstancias y así adoptar un papel pasivo como el que ni pincha ni corta. ¿Acaso no es eso aún más triste y desolador? Porque pensar que las cosas nos van mal y ‘por lógica’, no podemos ser felices es aún más deprimente que pensar que aunque las cosas nos vayan mal o de forma distinta a cómo nos gustaría, siempre podemos decidir cómo me quiero sentir ante ellas, ante y para mi y hacia los demás. Es como ese último As de la manga que nos puede ayudar a ganar la partida. Quizás sea a la desesperada, pero por lo menos tenemos esa opción.

Tenemos más poder del que pensamos para hundirnos más y más profundo o por el contrario ofrecernos a nosotros mismos una mano de ayuda que nos levante un poquito más. Decidir en qué lado queremos estar es la mejor herramienta que podemos tener para vernos como personas con capacidad de elección y de reacción y no como meras marionetas que se mueven gracias a manos ajenas. No es una utopía. Se llama ser valiente y decidir qué es lo mejor para ti.

Solo sigue adelante

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Hace tiempo una buena amiga me mandó esta bonita reflexión y le prometí que la guardaría para una futura entrada. Creo que ha llegado la hora de sacarla del cajón y exponerla. La cita en cuestión es más larga aunque no he querido poner el texto entero en el diseño.

Me vais a permitir la licencia de no extenderme mucho más en este post; últimamente esto de los viajes y el tener nuevas actividades me está restando tiempo para otras cosas y entre ellas, está la de escribir para el blog. Prometo recuperar el ritmo que llevaba antes muy prontito, es solo cuestión ya de unas semanas. Pero por el momento, aquí os dejo el texto completo de esta reflexión a la que verdaderamente poco puedo añadir.

No llores por lo que perdiste, lucha por lo que te queda. No llores por lo que ha muerto, lucha por lo que ha nacido en ti. No llores por quien se ha marchado, lucha por quien está contigo. No llores por quien te odia, lucha por quien te quiere. No llores por tu pasado, lucha por tu presente. No llores por tu sufrimiento, lucha por tu felicidad. Con las cosas que a uno le suceden vamos aprendiendo que nada es imposible de solucionar, solo sigue adelante.

Jorge Mario Bergoglio, Papa Francisco

 

Tiempos modernos

No será acaso que esta vida moderna está teniendo más de moderna que de vida? Mafalda

En mi aventura recorriendo el mundo me estoy encontrando con formas de vida diferentes de la mía, lo cual era uno de mis objetivos a la hora del colgarme la mochila al hombro y emprender el camino. Hace un par de días regresé de uno de los paisajes más impresionantes que he visto en mi vida situado al norte de Vietnam. Sapa es un pueblecito rodeado por plantaciones de arroz que crecen y trepan por la ladera de la montaña, abarcando prácticamente todo el terreno del gran valle en el que se enclava. La gente de las etnias que viven en esta zona se dedican al cultivo del arroz y muchos de ellos también acogen en sus humildes casas a viajeros con ganas de pasar unos días con ellos y así tener una experiencia más local.

Viviendo con una de esas familias cuya casa era poco más que la estructura de las paredes, me daba cuenta de la manera tan absurda en la que hemos complicado nuestras vidas. La modernidad de la que tanto presumimos, en la que el kit de supervivencia se compone de móvil de última generación, ipod, tableta o portátil y ese ansia de estar conectados y localizables a cada momento, nos ha hecho esclavos de un estilo de vida que hace años ni siquiera existía, y que a mi modo de ver, se nos está yendo un poco de las manos.

Corren tiempos de prisa, de GPS, de Facebook, Whatsup… y no sigo porque creo que todos nos la sabemos bastante bien esa lista. Nos quejamos de que no tenemos tiempo y dejamos al niño delante de la tele para que se entretenga para que así nos cunda más. Pensando en esta vorágine yo observaba a Mama Gin, la mujer con la que me estaba quedando, quien con una sonrisa perenne tenía tiempo que dedicar a sus cinco hijos, ir a la plantación de arroz a deslomarse en la cosecha, volver y prepararme la comida, teñir algunos paños para vender y por la noche ir a disfrutar con las vecinas de unos chupitos del licor de arroz casero.

La vida puede ser tan sencilla o tan complicada como nosotros queramos. Eso de que no tenemos tiempo es una excusa-mentira que nos decimos para ‘perdonarnos’ a nosotros mismos. Yo misma me sorprendo muchas veces de cómo Internet come mi tiempo a una velocidad que ni yo me creo. Muchas noches después de cenar me siento delante del portátil, prometiéndome que solo voy a estar conectada media hora y cuando me quiero dar cuenta ya llevo tres.

En Sapa también comprendí que a medida que vamos añadiendo aparatos, necesidades y toda la ristra de obligaciones que creemos debemos hacer por día, nos estamos alejando de la esencia de la vida, que no es otra que la de vivir el presente al 100%. Creemos que la multitarea y el ser capaces de hacer mil cosas a la vez es algo bueno (y que sin duda la sociedad premia). Muchas veces nos olvidamos de que somos humanos y de que tenemos unos límites. Lo curioso de todo esto es que luego nos llevamos las manos a la cabeza cuando oímos las elevadas cifras de gente que sufre ansiedad, niños incluidos.

Vamos de modernos porque creemos que es algo que se lleva y que es lo que toca y sin embargo nos olvidamos de vivir, al igual que un buceador que por querer hacer más distancia se olvida de sacar la cabeza para tomar aire. Ser consciente de ello y conocer nuestros límites, saber hasta dónde puedo tensar la cuerda sin que ésta se rompa es una de los mejores favores que nos podemos hacer a nosotros mismos. Comprender que por querer hacer más a veces sentimos y disfrutamos las cosas menos es un buen comienzo para empezar a cambiar unos hábitos que para nada nos benefician y que en casos extremos pueden llegar a pasar una seria factura. Demos un descanso a la modernidad y vivamos el ahora. La vida no espera a nadie.